Trabajando en el infierno amarillo

Trabajando en el infierno amarillo

Trabajadores de la mina de azufre del volcán Ijen, en Indonesia, ajenos a la belleza exuberante del entorno, -en precarias condiciones laborales- arriesgan a diario sus vidas dentro del asfixiante interior del volcán, con un valor y un estoicismo que superan lo imaginable.
26 Diciembre 2014

Mesnawan tiene 35 años y leva una década trabajando a 2.400 metros de altitud en la mina de azufre del volcán indonesio Ijen, en la isla de Java. Esta mina es el único lugar en el mundo en el que se extrae el azufre de forma tradicional, sin la ayuda de ningún tipo de maquinaria. Los mineros tienen canalizadas las fumarolas sulfúricas del volcán por medio de tuberías de cerámica (ver foto). A través de ellas se condensa parte del gas dióxido de azufre que, tras convertirse en un líquido, desciende hasta el suelo. Al enfriarse se solidifica convirtiéndose en un mineral amarillo. Así que imaginemos el paisaje: tierra de color amarillo y una nube extremadamente tóxica de dióxido de azufre permanentemente suspendida en el ambiente. En ese infierno, unos 200 trabajadores extraen las rocas de azufre con sus propias manos.

Cada día, Mesnawan y sus compañeros bajan hasta el fondo del cráter para comenzar una durísima jornada laboral. Se cubren la boca con simples pañuelos (ninguno lleva máscaras protectoras) y se introducen entre las venenosas emanaciones de anhídrido sulfuroso. Cada pocos instantes, una corriente de aire hace que los gases azufrados cubran toda la superficie donde trabajan. Los mineros tratan de aguantar apretando con fuerza sus pañuelos contra la boca. Los ojos empiezan a escocer y a llorar, la garganta se reseca y resulta imposible respirar. Si el viento no cambia de dirección, las toses se vuelven angustiosas, los pulmones parecen arder y sólo queda una salida: escapar lo más rápidamente posible. Pasados unos segundos de angustia, Mesnawan sigue tosiendo pero aprovecha que el viento se ha calmado para volver a la tarea. Aún necesitará una hora más para conseguir completar su primera carga del día. Los mineros recogen entre 70 y 80 kilos de azufre en cada viaje que realizan al fondo del volcán. El enorme peso lo reparten en dos grandes cestas, atadas a los extremos de un gran palo que acarrean sobre sus hombros. Él y el resto de los mineros recorren dos veces al día el camino que conduce hasta el fondo del cráter. Por cada kilo de azufre, la empresa les paga 600 rupias indonesias, algo menos de 5 céntimos de euro. Por tanto, cada trabajador gana un sueldo de entre 7 y 8 euros diarios.

"Es un buen sueldo", afirma cansado pero sonriente el joven minero. Sabe que si se dedicara, como la mayoría de sus familiares y amigos, a la agricultura, ganaría menos de la mitad de lo que consigue en la mina. Aunque prefiere no hablar de ello, él es el que mejor sabe que, con toda probabilidad, morirá joven.

La vida de los mineros es corta, debido a las secuelas que el dióxido de azufre les deja en los pulmones y al deterioro físico que les provoca el excesivo peso que deben acarrear cada día. Es un precio muy elevado, pero todos y cada uno de los que trabajan en la mina no desean que el proceso de extracción se modernice. Ello supondría la pérdida de su preciado puesto de trabajo. Por eso prefieren mantener su pacto con el diablo, para así poder seguir trabajando en el infierno. Un infierno de color amarillo.

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