Experiencia vikinga: la rehabilitación ocupacional

Experiencia vikinga: la rehabilitación ocupacional

Una reflexión sobre la misión de la salud ocupacional. Figura en la saga Hávamál, un irónico poema de la tradición vikinga.
8 Mayo 2015

Aunque el pionero trabajo de Bernardo Ramazzini es a menudo citado como el origen de la medicina ocupacional, el conocimiento de algunos aspectos de las enfermedades ocupacionales proceden de tiempos clásicos. Ya Hipócrates describió el envenenamiento por el plomo, y Plinio estaba al tanto de la venenosa naturaleza del mercurio.

Nuestro primer conocimiento histórico de un aspecto diferente de la salud ocupacional procede de una fuente sorprendente, los vikingos. La cultura vikinga sufre injustamente una imagen de salvajes guerreros tocados con cascos con cuernos, dedicados al pillaje en cualquier lugar en el que sus excelsos barcos atracaban. Uno podría imaginar que de aportar algo a la tradición médica, tendría que estar más relacionada con la medicina de urgencias, traumatología u ortopedia que con cualquier otra especialidad.

Sin embargo, los vikingos llevaban una sorprendente y mundana vida con una cultura altamente organizada y estructurada. En una de sus más antiguas sagas poéticas, Hávamál, un extenso y a menudo muy irónico poema (escrito en el año 800 de nuestra era), se dan una secuencia de breves y sabios consejos que proceden del mismo dios Odín ¿quién con mayor autoridad podría hacerlo?. Aparte de las advertencias sobre los peligros de la bebida, las virtudes del silencio y las máximas sobre cómo comportarse como huésped, existen una serie de consejos relacionados con la medicina preventiva “la buena salud es el mejor regalo que mantener, y una vida que evita el vicio es lo mejor” y con el apoyo familiar ante la enfermedad “no hay hombre tan mísero aunque enfermo esté; confortan a uno sus hijos, sus parientes, sus buenas obras”.

Pero la verdadera chispa del poema se encuentra en la salud ocupacional, sobre como sobreponerse ante un accidente y como superar las limitaciones que conlleva “el cojo puede montar un caballo; el manco pastorea un rebaño; el sordo es útil en la lucha”, especialmente cuando lo contrasta con la alternativa “es siempre mejor estar vivo que muerto; el vivo puede mantener una vaca, el muerto no”.

Esta asombrosa reflexión debería confirmarnos que la misión de la medicina ocupacional está basada en una tradición que es considerablemente más antigua de lo que imaginamos. Y aunque ninguno de nosotros podría ser tan categórico en la práctica médica, la dura verdad de las líneas finales de la estrofa “mejor estar ciego que ser incinerado; a nadie le sirve un cadáver” es un íntimo deseo que todos nosotros muy raramente expresamos.

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