TURISMO, BIODIVERSIDAD Y CRISIS: LAS INCÓGNITAS

TURISMO, BIODIVERSIDAD Y CRISIS: LAS INCÓGNITAS

La crisis sanitaria está provocando serios problemas al sector turístico mundial, sobre todo en países donde su importancia para la economía es relevante. Detrás de esta realidad se ocultan causas que identifican al ser humano como el principal responsable del problema.
13 Julio 2020

Desde tiempos remotos el turismo ha constituido una importante fuente de ingreso y trabajo para naciones bien dotadas de condiciones naturales. Regiones de montaña, lagos, canales, costas privilegiadas, tierras exóticas, y en general, el paisaje rural, ofrecen en este sentido oportunidades de negocio muy competitivas. La excepcional calidad de escenarios y territorios aptos para ciertos deportes, como el esquí, la náutica o el excursionismo, presentes en numerosos puntos del planeta, así como el clima privilegiado de ciertas regiones, hacen que muchos de estos sitios sean elegidos por quienes buscan recreo y descanso en un ambiente acogedor.

Sin embargo, el turismo debe ser organizado en equilibrio con el entorno, evitando toda posibilidad de agresión al mismo y a las variables con las que debe interactuar en sentido recíproco y transversal. Todo lo que afecta negativamente al medio ambiente lo hace en igual medida en relación con las actividades turísticas, lo cual queda demostrado cuando se observan los efectos de episodios como la contaminación de ríos, lagos y océanos, la erosión, la desforestación, la masificación y congestión de zonas de recreo, o el impacto provocado por la especulación urbanística.

Los efectos negativos consecuencia del deterioro de los ecosistemas se han hecho evidentes de modo dramático a raíz de la incidencia del COVID 19 y de la consecuente crisis sanitaria, que ha puesto en situación de riesgo extremo al turismo mundial, con especial incidencia en España, un país en el cual este sector es parte vital de su economía.

La diversidad es la base de la estabilidad y de la sostenibilidad. La naturaleza es un sistema constituido por diversas especies que interactúan entre sí permitiendo su evolución equilibrada a lo largo del tiempo, con una alta capacidad de reacción y resiliencia frente a episodios que tienden a distorsionar este equilibrio como resultado de los desastres naturales propios del ciclo climático. Pero si estos incidentes son causados por agresiones externas descontroladas ajenas al ciclo natural, pueden ocasionar la fragmentación y empobrecimiento de los ecosistemas y espacios naturales, y provocar una degradación que puede poner en situación de riesgo la integridad del medio físico, y por añadidura, la del propio ser humano. Son conocidos los problemas surgidos en su día como consecuencia del deterioro de ecosistemas naturales, que dieron lugar a las zoonosis causantes del Ebola, la Malaria, el Zica o la Rabia, producto de la transmisión al ser humano de patógenos por animales enfermos presentes en ecosistemas que perdieron diversidad, y en los cuales desaparecieron las especies “barrera” que permitían la recuperación del equilibrio.

Las agresiones al medio ambiente por parte del ser humano no son ninguna novedad. De hecho, el planeta sufre en estos momentos los efectos de varias de estas provocaciones, producto fundamentalmente de los efectos del calentamiento global causante de la crisis climática, de la desforestación masiva, de la contaminación, de los incendios forestales, del uso de combustibles fósiles, y de la extracción desenfrenada de recursos finitos. El “Permafrost” del Ártico, que cubre sobre un 25% de la superficie terrestre, está siendo afectado por el deshielo causado por el aumento de la temperatura. Según estudios, esta “masa helada” constituye un reservorio milenario de virus, bacterias y otros agentes patógenos, entre los cuales destacan los que en su día causaron epidemias como la Gripe Española, la Peste Bubónica, la Viruela y otras. Los patógenos liberados por el deshielo vuelven a ser arrojados al medio ambiente con riesgo de reproducir episodios de contagio, epidemias y crisis sanitarias que se daban por superadas, tal y como ocurrió el año 2016 con un brote de Antrax en Siberia. También algunos científicos aseguran que algo similar puede ocurrir en los casquetes polares, posibles reservorios milenarios de virus y bacterias que, liberados como resultado de la fusión, pueden generar pandemias totalmente desconocidas en cuanto a sus efectos y consecuencias para la sociedad y el entorno vital.

La contaminación del aire es otro factor que constituye una amenaza para la salud y que favorece los contagios. Las partículas en suspensión producidas por la combustión de fósiles actúan como vehículos transmisores de agentes patógenos, y desestabilizan el clima y los ecosistemas de todo el mundo, ampliando el ámbito de incidencia de las enfermedades.

Para afrontar el desafío de alcanzar un turismo sostenible y de prevenir nuevas crisis, se debe respetar una serie de requisitos, entre los cuales destaca la necesidad de conservar la biodiversidad y optimizar la conservación del patrimonio natural, teniendo en cuenta que la naturaleza puede prosperar por sí misma si el ser humano no distorsiona su equilibrio y le permite preservar la diversidad de los ecosistemas. Hoy en día se dispone de tecnologías y de medios para superar cualquier crisis con eficacia, y para apostar por la reconstrucción “verde” del planeta, pero para que este planteamiento prospere, es preciso llevar a cabo una acción responsable que incluya cambios sustanciales en los modelos de producción y consumo, que frene la contaminación, que excluya la especulación, que reduzca la “huella ecológica”, y que se comprometa de modo transversal con la protección del medio ambiente. Las externalidades negativas de cualquier acción irresponsable tienen efectos globales. Las crisis, sean del tipo que sean, se repetirán una y otra vez si no se evitan las agresiones al medio ambiente y a los ecosistemas, pilares esenciales para asegurar niveles de sostenibilidad integral.

El cumplimiento de los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas constituye un reto insoslayable para alcanzar la estabilidad del mundo globalizado, cuyo futuro depende en gran medida de la seguridad ambiental y del uso inteligente del territorio y del patrimonio natural. El turismo, explotado con responsabilidad, imaginación y creatividad, constituye un instrumento de gran valor para el desarrollo y el progreso de la humanidad, así como una valiosa fuente de bienestar, expansión y disfrute de actividades de ocio para toda la comunidad. 

Con metas como garantizar una producción y un consumo más responsables, proteger los océanos y preservar la vida de los ecosistemas terrestres, para salir de la crisis y evitar volver a tropezar con el problema, el turismo se debe identificar con el cumplimiento de la Agenda 2030 de Naciones Unidas. Ante este reto, es vital cambiar el concepto de crecimiento “sostenido”, término que aspira a conseguir objetivos estrictamente materiales y económicos, por el de crecimiento “sostenible”, que, en cambio, apuesta por la mejor utilización de los recursos, la estabilidad económica, el equilibrio ambiental y el bienestar social.

En cualquier caso, es fundamental tener en cuenta que no es la primera, ni será la última vez, que la crisis sanitaria y la crisis económica se manifiestan en el mundo, a menos que la humanidad decida de una vez por todas desterrar los malos hábitos que la conducen a deteriorar la biodiversidad y la salud ambiental del planeta.

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