10 causas de la resistencia al cambio que te paralizan

10 causas de la resistencia al cambio que te paralizan

La resistencia al cambio es una de las principales causas del inmovilismo. Cuando no aceptamos el cambio, sino que nos aferramos a viejas formas de pensar o hacer las cosas nos condenamos a vivir en el terreno de la frustración y la insatisfacción.
11 March 2021

En algunos casos esa resistencia al cambio genera respuestas desadaptativas que conducen a trastornos psicológicos.

El cambio es la única cosa inmutable”, como dijera Schopenhauer. Aunque lo sabemos, no siempre podemos evitar que se desencadene una fuerza opuesta para intentar mantener inmutable el estado de las cosas. De hecho, en nuestra vida cotidiana solemos funcionar por inercia. Esa inercia nos lleva a mantener el statu quo y aferrarnos a lo que conocemos para mantener el equilibrio que tanto esfuerzo nos costó conseguir.

Al igual que nuestro organismo tiende a la homeostasis para mantener el equilibrio de sus funciones, nuestro cerebro prefiere trabajar en “modo ahorro de energía” evitando sobresaltos y grandes revoluciones que le obliguen a cambiar sus patrones neuronales, esos que nos permiten reaccionar de manera automática. Sin embargo, esa inercia no siempre es positiva y muchas veces puede volverse en nuestra contra porque la vida cambia y debemos ser capaces de adaptarnos.

Las causas que propician la resistencia al cambio

Algunas personas son más resistentes al cambio mientras que otras son más abiertas. Diferentes estudios han demostrado que quienes tienen una elevada Inteligencia Emocional suelen aceptar mejor los cambios. También se ha apreciado que quienes reaccionan de manera demasiado emocional, tienen un pensamiento más rígido, son más apegadas a las costumbres y desarrollan un enfoque cortoplacista son más propensas a resistirse a los cambios.

No obstante, independientemente de las características de personalidad, existen otras causas de la resistencia al cambio. Se trata de situaciones o miedos comunes que todos podemos experimentar y que nos llevan a aferrarnos inútilmente al pasado:

  1. Miedo a perder el control. Cuando nos enfrentamos a situaciones nuevas para las cuales no tenemos puntos cardinales que nos permitan orientarnos, podemos sentir que tiembla el suelo bajo nuestros pies. Nuestro sentido de la autodeterminación y autonomía se resquebrajan y nos atemoriza la perspectiva de perder el control. Esa sensación no es agradable, por lo que nuestro primer impulso es aferrarnos a lo conocido para volver a sentirnos seguros. Cuando esta es la causa de la resistencia al cambio conviene recordar que el control es tan solo una ilusión.
  2. Exceso de incertidumbre. Algunos cambios pueden hacernos sentir como si estuviéramos caminando por una cuerda floja con los ojos vendados, por lo que es normal que generen una fuerte resistencia. Cuando no sabemos qué va a suceder, es comprensible que prefiramos quedarnos donde estamos, aunque no nos sintamos completamente bien en ese lugar. A veces simplemente preferimos un mal conocido a un bueno por conocer, como dice el refrán popular. Superar la inercia demanda un mínimo de seguridad y confianza. Cuando no las tenemos, es más fácil atrincherarnos en nuestra zona de confort. En estos casos, debemos recordarnos que la incertidumbre, aunque sea difícil de gestionar, no es nuestro enemigo.
  3. ¡Sorpresa! Las situaciones que nos toman por sorpresa suelen generar una reacción defensiva. Todos necesitamos un poco de tiempo para acostumbrarnos a algunas ideas o prepararnos para afrontar ciertas circunstancias, incluso las más positivas. Por eso, cuando los cambios se producen de manera inesperada, nuestra primera reacción es dar un paso atrás para protegernos de lo desconocido. No obstante, en estos casos la resistencia al cambio suele atenuarse a medida que vayamos procesando lo ocurrido.  
  4. Demasiado radical. Todos los cambios traen algo diferente, pero ¿cuán diferente? Somos seres de hábitos. Las rutinas se automatizan y nos brindan cierta seguridad en nuestro día a día, hacen que nuestra vida sea más predecible, por lo que los cambios demasiado radicales suelen desestabilizarnos. De hecho, es más fácil aceptar un gran cambio cuando se produce paso a paso, que transformaciones radicales que hacen tambalear nuestras creencias y desatan los nudos que nos atan a tierra. Los grandes cambios simplemente pueden confundirnos y asustarnos porque nos dejan sin puntos cardinales para orientarnos. En este caso, debemos pensar que los cambios radicales pueden representar una gran oportunidad para replantearnos muchas cosas de nuestra vida, que de otra manera habría seguido en piloto automático.
  5. Falta de confianza. ¿Puedo hacerlo? Una de las causas de la resistencia al cambio es precisamente el miedo a no poder con todo o no tener las habilidades o la fuerza necesaria para afrontar ese nuevo escenario. A veces, por ejemplo, podemos sentirnos demasiado viejos para empezar desde cero. O podemos dudar de nuestras competencias para desenvolvernos en entornos nuevos para los cuales no nos hemos preparado. En esos casos, un periodo de familiarización que nos permita adentrarnos poco a poco en el cambio puede bastar para ganar confianza.
  6. Temor a las repercusiones. Los cambios suelen ser como una piedra que cae en un estanque. Comienzan con una onda pequeña pero esas ondas se van replicando y agrandando hasta alcanzar dimensiones insospechadas. Por eso, a veces la causa de la resistencia al cambio se encuentra en el temor a las consecuencias que no podemos prever, no sabemos cómo gestionar o simplemente escapan de nuestro control. Cuando realizamos cambios drásticos en nuestra vida, por ejemplo, nos pueden preocupar las repercusiones que tendrán en las personas más cercanas. A veces, ese miedo nos mantiene atados, aunque sepamos que el cambio es la mejor solución. En estos casos, podemos intentar minimizar el impacto de esas repercusiones.
  7. Miedo al rechazo. Muchos cambios traen la semilla de la novedad, no solo para nosotros sino para quienes nos rodean. A veces, no nos atrevemos a tomar una decisión simplemente porque tememos que los demás no la acepten y terminen rechazándonos. El miedo a separarnos del grupo que identificamos como una fuente de seguridad y protección es una de las causas de la resistencia al cambio que nos mantiene atados a circunstancias que no son idóneas para nosotros. En estos casos necesitamos superar ese miedo al rechazo por medio de la autoafirmación.
  8. Traumas pasados. Los fantasmas del pasado siempre están al acecho. Mientras todo permanece estable, se mantienen tranquilos, pero cuando aparece algo diferente, pueden entrar en acción. El cambio puede reabrir viejas heridas, activar resentimientos históricos o recordarnos antiguos fracasos. Encontrar una nueva pareja, por ejemplo, puede activar todas las heridas emocionales del pasado, haciendo que nos alejemos por temor a que nos vuelvan a herir. Para superar ese miedo necesitamos sanar el pasado antes de navegar hacia el futuro. Debemos darnos tiempo para sanar, de manera que las viejas heridas no se vuelvan a abrir y podamos acoger el cambio con serenidad y alegría.
  9. Agotamiento. Hay etapas en la vida en la que estamos tan saturados que cualquier cambio, por pequeño que sea, se convierte en la gota que colma el vaso. Hay situaciones de gran estrés o de incertidumbre en las cuales simplemente no podemos lidiar con más cambios porque nuestros recursos psicológicos no dan abasto. Esos cambios, ya sean positivos o negativos, simplemente representan para nosotros más trabajo y tensión, por lo que es comprensible que nos resistamos. En este caso, el problema no es el cambio en sí sino nuestro estado psicológico, esa resistencia al cambio solo está poniendo de manifiesto que hay cosas que tenemos que solucionar para reencontrar la serenidad.
  10. Amenaza real. A veces, los cambios encierran una amenaza real. En situaciones de gran incertidumbre o en aquellas que debemos tomar decisiones importantes, la posibilidad de equivocarnos planea sobre nuestras cabezas como una sombra amenazante. Eso genera un temor comprensible que causa la resistencia al cambio. En otros casos no se trata de una amenaza intrínseca sino más bien del dolor que puede generar ese cambio. De hecho, la mayoría de los cambios importantes en la vida implican un cambio de dirección en el que debemos renunciar a algo o dejar a alguien detrás. Eso puede doler. Entonces la perspectiva del dolor nos paraliza. Sin embargo, debemos recordar que cada decisión siempre implica una renuncia, de manera que solo se trata de tener claras nuestras prioridades y metas en la vida.

Comprender las causas de la resistencia al cambio nos ayudará a minimizar la incomodidad que experimentamos ante las situaciones nuevas, ya sean positivas o negativas. Cuando aceptamos el cambio, todo fluye mejor y experimentamos infinitamente menos dolor.

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