El silencio y la palabra: la química del diálogo

El silencio y la palabra: la química del diálogo

Dos personas que se encuentran, en muy distintas situaciones, en una empresa, en un trabajo, en un debate político, en un proyecto, con frecuencia precisan expresar sus ideas que no siempre son concordantes con su interlocutor. ¿Es necesario imponer nuestro criterio con mayor vehemencia y fuerza?. ¿Es preciso poder exponer nuestra teoría antes de que el interlocutor pueda exponer la suya?. ¿Qué es más importante: el fondo argumental o la forma de exponerlo?. Este artículo del químico Antoni Pedragosa nos explica la visión ortodoxa que algunos países europeos tienen sobre las pautas de una discusión de calidad constructiva.
19 Junio 2019

Un amigo, nacido en España aunque nacionalizado en Dinamarca, donde vive hace años, es ahora diputado en el parlamento danés, y siempre viene por las vacaciones de verano a su tierra natal. Me comentaba su impresión por la forma de hacer política tan negativa que tenemos, donde "el oposicionismo" es el sistema habitual, y la derrota del adversario parece una necesidad, y en cambio, el diálogo, la negociación y el pacto, no es tenido demasiado en cuenta. Me exponía casos concretos, y la manera de gestionarlos allá, y la forma marrullera de tratarlos aqui. Él, psicólogo de profesión, me comentaba las características que tendría que tener una comunicación de calidad, ya sea personal o colectiva.

Veía la comunicación como un proceso de ida y vuelta. Dos momentos... Uno de emisión, otro de recepción. En la emisión, la palabra es fundamental, para transmitir aquello que pensamos o queremos decir. En la recepción, el silencio, que permita una escucha atenta de las razones del otro. Palabra y silencio, un binomio que tiene que ser equilibrado para que la comunicación sea buena. Y tanto de la palabra como del silencio podemos hacer un buen uso, o un mal uso.

Hacemos daño los del silencio, cuando el otro espera respuesta, y nuestro silencio es como un tipo de castigo, o aquel silencio autosuficiente que expresa desprecio por el otro, o aquel silencio cobarde que calla ante la injusticia, o aquel silencio irresponsable de los padres, que no dan respuesta a las preguntas de los hijos...Pero también hay silencios positivos...cuando callo para dejar espacio a las palabra del otro, para escucharla a fondo, o aquel silencio neto de prejuicios, que no juzga al otro, sino que lo respeta, o aquel silencio de los enamorados, que con la mirada y con la caricia se lo dicen todo...no hace falta la palabra para no romper la encanto de aquel momento, porque es un momento que habla por sí solo. Después hay también aquel necesario silencio interior, que no se ausencia de palabras, si no que está pleno de significado porque nos aporta energía vital. Necesitamos estos momentos de silencio para reencontrarnos con nosotros mismos, para rehacer nuestro equilibrio interior y escuchar nuestros sentimientos...limpiarlos de resentimientos, de miedos, de envidias, de egoísmos, que forjan negatividades y nos hacen perder la paz

Cuando logramos apagar estas voces negativas, parece que se enciende aquella luz que Ilumina nuestra vida, que nos ayuda a superar dificultades, y que nos impulsa a estimar lo que pueden aportar los otros.

 Lo mismo podemos decir de la palabra. Hacemos daño los de la palabra, cuando la usamos para hacer daño. aquella palabra que menosprecia, que insulta, aquella palabra que no dice la verdad, aquella palabra que provoca enfrentamiento. O estás conmigo o estás contra mi. Por eso es tan importante la palabra auténtica, la que nos acerca a la verdad, la palabra que nos ayuda, que nos anima, que nos aconseja, aquella palabra que genera vínculos y nos une. Aquella palabra que por sí sola te fuerza para cambiar y mejorar lo mio. La química del diálogo vista por un químico.


 

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