DANIEL GOLEMAN: Inteligencia emocional en la prevención de accidentes

DANIEL GOLEMAN: Inteligencia emocional en la prevención de accidentes

En el análisis de la inteligencia emocional de Goleman puede profundizarse en las características del conductor o el trabajador seguro … ¿es el más inteligente o el más emocional?. Es más fácil determinar una error en la mecánica de un vehículo o de una máquina en un accidente que profundizar en las motivaciones de un comportamiento de riesgo en un conductor accidentado. Conocer las teorías de Goleman nos puede ayudar a conocer las causas de un accidente y a mejorar la calidad de la prevención.
18 Septiembre 2019

Cuando los ingenieros nos enfrentamos a la reconstrucción de un accidente de tráfico, solemos cerrar de manera objetiva el sistema de intercambio de energías cinéticas (que dependen del cuadrado de las velocidades de los elementos móviles) y las energías potenciales traducidas en recorridos, huellas, desperfectos y lesiones. El principio de la conservación de la energía es perenne y el de la conservación de la cantidad de movimiento nos ayuda a resolver los enigmas de las colisiones.

Pero siempre nos quedan dudas sobre el porqué de aquella posición, de aquella trayectoria, de aquella distancia, de aquellas décimas de segundo que hubieran podido evitar el accidente. Y es entonces cuando nos sentimos empujados a bucear en la bibliografía de los analistas del factor humano y del proceso que lleva a los conductores a tomar decisiones más o menos conscientes, subconscientes o inconscientes, mas o menos impulsivas, más o menos emocionales. Goleman es un clásico de los análisis del factor humano de los accidentes de trabajo y también de los laborales de tráfico y su teoría de la inteligencia emocional nos aclara muchas preguntas pero a mi siempre me deja algunas dudas.

Aunque las definiciones populares de inteligencia hacen hincapié en los aspectos cognitivos, tales como la memoria y la capacidad para resolver problemas, varios investigadores influyentes en el ámbito del estudio de la inteligencia comenzaron a reconocer hace tiempo la importancia de los aspectos no cognitivos. Robert L. Thorndike, en 1920, utilizó el término inteligencia social para describir la habilidad de comprender y motivar a otras personas. En 1940, David Wechsler describió la influencia de factores no intelectivos sobre el comportamiento inteligente y sostuvo, además, que los tests de inteligencia no serían completos hasta que no se pudieran describir adecuadamente estos factores. 

Desafortunadamente, el trabajo de estos pioneros pasó desapercibido durante mucho tiempo hasta que, en 1983, Howard Gardner, en su libro “Inteligencias múltiples: la teoría en la práctica”, introdujo la idea de que los indicadores de inteligencia, como el coeficiente intelectual, no explican plenamente la capacidad cognitiva, porque no tienen en cuenta ni la “inteligencia interpersonal” (la capacidad para comprender las intenciones, motivaciones y deseos de otras personas) ni la “inteligencia intrapersonal” (la capacidad para comprenderse uno mismo, apreciar los sentimientos, temores y motivaciones propios), aspectos éstos de gran influencia en las situaciones de riesgo en la conducción.

El primer uso del término inteligencia emocional generalmente es atribuido a Wayne Payne, citado en su tesis doctoral Un estudio de las emociones: el desarrollo de la inteligencia emocional (1985). La relevancia de las emociones en el mundo laboral y la investigación sobre el tema siguió ganando impulso, pero no fue hasta la publicación en 1995 del célebre libro de Daniel Goleman, “Inteligencia emocional”, cuando se popularizó. El éxito de ventas del libro de Goleman aumentó la difusión popular del término inteligencia emocional hasta límites insospechados, haciéndose muy popular en forma de artículos en periódicos y revistas, tiras cómicas, programas educativos, cursos de formación para empresas, juguetes, o resúmenes divulgativos de los propios libros de Goleman.

Una emoción puede llegar a conseguir una respuesta consciente de un conductor. Una persona que conduce un vehículo potente de alta gama por autopista de manera consciente y premeditada, siente un impulso (una emoción) cuando un vehículo utilitario le adelanta mostrando mayores prestaciones en aquel instante y como consecuencia surge una respuesta consciente de acelerar para dejar constancia de su mayor potencia y recursos (en aquel momento se entra en la consciencia de la competitividad aunque esa consciencia prevalece sobre otras inconsciencias tales como el nivel de adherencia del vehículo en curva, el coeficiente de rozamiento del pavimento, el límite máximo de velocidad establecido o la respuesta del conductor del utilitario a la reacción del conductor prepotente).  Las emociones requieren ser excitadas para ser conscientes, pero la gran incógnita es si la capacidad de transformación de las emociones en inteligencia es ilimitada o si por el contrario tiene también unos umbrales de almacenamiento subconsciente que al ir creciendo las emociones tienen más dificultades en ser voluntarias y premeditadas. Mi teoría es que una sobrecarga de emociones traduce algunas respuestas de los conductores en inteligentemente conscientes pero que a partir de un límite se muestran como reacciones inconscientes cuyas consecuencias no valora el conductor al tomar la decisión.

El campo es inmenso para profundizar pero en el complejo mundo de la seguridad vial, Goleman ha abierto un debate eterno que nos debe llevar a extender entre los conductores sus límites y sus reacciones.

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