INDICADORES DE EVALUACIÓN DEL RENDIMIENTO DE LA ECONOMÍA CIRCULAR

INDICADORES DE EVALUACIÓN DEL RENDIMIENTO DE LA ECONOMÍA CIRCULAR

Ninguna herramienta de evaluación permite por sí misma medir el alcance del impacto de los cambios, sobre todo si éstos son de carácter disruptivo y transgresor. La economía circular no es una excepción, y se requiere de cierto tiempo para disponer de puntos de referencia objetivos que confirmen su validez como modelo impulsor de la sostenibilidad.
9 Septiembre 2019

Los modelos tradicionales de negocio lineal buscan optimizar la productividad y la rentabilidad a corto plazo, pero con el tiempo, a medida que la presión de la sociedad civil y la necesidad de gestionar los recursos con especial rigor y responsabilidad emergen con fuerza, se hace necesario enfocar el sistema socioeconómico hacia la sostenibilidad. Esta realidad obliga a la economía lineal a enfrentar riesgos legales, ambientales y de mercado que la sitúan en posición conflictiva. La circularidad, en cambio, ofrece a las empresas la oportunidad de generar valor a través de la gestión inteligente de los recursos, acelerar el crecimiento, y mejorar su competitividad y su rentabilidad.

El modelo tradicional de economía lineal permite a las empresas utilizar gran variedad de sistemas y herramientas de valoración aplicables a diversos aspectos de la gestión específica de cada negocio, con el fin de evaluar, controlar y medir la productividad y el estado de progreso y desarrollo en áreas concretas dentro de la compañía. Pero, a la hora de “medir” la generación de valor, dichos métodos no son válidos en un contexto de economía circular, en el cual se ha de tener en cuenta el máximo aprovechamiento y rendimiento de los recursos productivos, manteniéndolos dentro del circuito durante el mayor tiempo posible, minimizando la producción de residuos, y favoreciendo las opciones más representativas de la circularidad, tales como, entre otros, el reciclaje, la recuperación y la valorización energética.

Diversos estudios y análisis recientes indican que actualmente el nivel de implantación de la circularidad en el mundo es de solo un 9%. Por simple deducción aritmética, ello indica que, a medida que aumenta la presión para pasar de modelos lineales a opciones circulares de negocio, la oportunidad de mejorar es del 91%. El impulso hacia la transición crece, y tanto el sector público como el privado se ven comprometidos a establecer objetivos circulares ambiciosos y extraer las indiscutibles ventajas que ofrece el modelo, tanto desde el punto de vista económico como social y ambiental.

Pese a que la economía circular es un modelo económico que ofrece oportunidades para las empresas, gestionar la transición hacia la circularidad no es tarea fácil. Tanto los modelos de producción como de consumo se han de cambiar, las estrategias deben ser adaptadas, y se han de poner en juego políticas innovadoras y flexibles, lo cual dificulta planificar y establecer objetivos claros para lograr una evolución equilibrada y controlada. Para permitir establecer objetivos es necesario contar con indicadores clave de rendimiento (KPI) que permitan orientar la toma de decisiones en todo lo relativo a sostenibilidad, en el sentido más amplio del término. En este sentido, la transparencia y la transversalidad son fundamentales para establecer un lenguaje común entre las empresas, las administraciones y los gobiernos.

Una de las cuestiones que suscita debates y controversias en relación con la implantación global de la economía circular, es la necesidad de disponer de indicadores que permitan evaluar objetivamente los avances y resultados que se consiguen mediante la aplicación de sus principios y fundamentos, en términos de eficiencia y de eficacia en el uso de los recursos. La demanda de sistemas de evaluación de los beneficios de la economía circular aumenta a medida que crece el interés por este modelo. No es fácil definir cuál o cuáles son los indicadores más apropiados para ello, y el reto más importante para las empresas radica en asumir el cambio de paradigmas implícitos en la adopción de nuevos modelos de gestión empresarial, generadores de impactos disruptivos si se les compara con los métodos tradicionales de evaluación utilizados en el modelo de economía lineal. Las empresas habituadas a medir indicadores generales de “uso”, necesitan en el contexto circular cambiar dichos procedimientos por sistemas de medición de “valor” y de “impacto” de sus productos y actividades.

Teniendo en cuenta el carácter multisectorial y pluridisciplinar de la circularidad, para valorar estos aspectos se suelen adoptar de modo informal diferentes enfoques y fuentes de información, lo que dificulta la comparación de resultados. La economía circular se ve fragmentada a través de múltiples disciplinas, y por esta razón existen distintas perspectivas e interpretaciones del concepto, así como de los aspectos que requieren ser evaluados. Esta fragmentación puede incluso dar lugar a aproximaciones desiguales en relación con el cálculo de los impactos, lo cual dificulta también la comparación de resultados provenientes de fuentes dispersas. A su vez, se dispone actualmente de escasa información sobre los efectos indirectos de la circularidad sobre la economía, sobre la cadena de valor, sobre los cambios de patrones de conducta de los consumidores, así como sobre los efectos sociales y ambientales de los cambios generados durante la transición hacia este modelo.

Ninguna organización puede por sí misma establecer indicadores para valorar la transición hacia la economía circular. La economía circular es un modelo holístico y complejo cuya base es la cadena de valor propia de cada una de las actividades que intervienen en su enfoque global. Para avanzar hacia la circularidad con criterios de sostenibilidad, todas las organizaciones deben hablar el mismo lenguaje, independientemente de la posición específica de las cadenas de valor, del sector donde operan, o del tamaño de cada una de ellas. Es esencial disponer de un enfoque común y transversal para la medición y el monitoreo del funcionamiento de la circularidad. Solo por esta vía es posible que las cadenas de valor constituyan auténticos “ciclos” de valor que sean implementados sobre la base de protocolos y normas rigurosas, empleando las herramientas adecuadas con una visión compartida.

Disponer de indicadores idóneos para evaluar los resultados de la adopción del modelo circular es un requisito imprescindible para las administraciones y para las empresas a la hora de tomar decisiones. Para lograr que dichos indicadores constituyan una herramienta de evaluación eficaz, deben aportar información objetiva que permita “medir” los avances realizados durante la etapa de implantación, y facilitar datos estadísticos para el adecuado seguimiento, la toma de decisiones y el control de todo el proceso.

Por otro lado, es necesario definir indicadores que permitan ser ajustados a las diferentes tipologías de recursos y modelos de producción susceptibles de ser evaluados, comparando los datos de los procedimientos empleados en la economía lineal tradicional, con las ventajas generadas mediante la adopción de modelos circulares. Este análisis comparativo debe centrarse de modo dinámico, enfocándolo a aquellos aspectos más susceptibles de generar ventajas a corto plazo, como es el caso de la gestión de los recursos naturales, del agua, de la energía, de los residuos y de los subproductos de las cadenas de producción. Para que adquieran mayor valor práctico, es aconsejable que las observaciones se hagan teniendo en cuenta la evolución del cambio hacia modelos de producción y consumo basados en la adopción de estrategias de ecoinnovación y ecodiseño.

Los indicadores, que podrán o no tener carácter vinculante, deberán basarse en información de carácter técnico y legislativo, y ser de utilidad tanto para las empresas como para las administraciones, de modo que permitan medir los avances realizados, ajustar tendencias y mejorar su proyección a lo largo del tiempo. En el ámbito industrial, por ejemplo, se deberá tener en cuenta aspectos como la previsión de métodos armonizados para calcular las tasas de reciclaje, y el desarrollo de indicadores relacionados con el “valor ambiental” de cada tipo de residuo. Con instrumentos de este tipo, junto con la adopción de nuevos modelos de producción, las empresas que adopten los principios circulares podrán comprobar el valor adicional de sus productos y servicios, medir el impacto ambiental de sus procesos, aumentar su eficiencia en el uso de recursos, y orientar sus decisiones y estrategias en materia de sostenibilidad.

Estudios efectuados por diferentes organizaciones proponen, como medida de evaluación de los resultados de la adopción de la circularidad, el llamado Indicador Material de Circularidad (MCI), enfocado al producto, y que tiene en cuenta la cantidad de materiales y componentes nuevos, reciclados y reutilizados que entran en el proceso productivo, el tiempo y la intensidad de utilización del producto, teniendo en cuenta su mantenimiento y reparación, el destino del producto y sus componentes después de su uso, y con qué nivel de eficiencia puede ser reciclado. Se basa en verificar si los flujos de materiales de un proceso son restaurativos, y si la empresa tiene en cuenta los impactos y los riesgos marginales asociados a su actividad. Además, considera los costes generados a lo largo de todo el ciclo de vida del producto, efectuando un balance entre estos costes y el valor añadido obtenible mediante su reutilización y el uso de sus componentes al final de su vida útil, incluyendo la valorización de dichos componentes mediante técnicas de recuperación y reciclaje.

La complejidad del cambio no facilita la evaluación de una determinada actividad, ya que, en principio, las empresas que deciden adoptar la economía circular desconocen los que deberían ser los nuevos sistemas de evaluación, ni cuentan con una visión en perspectiva que les permita basar sus observaciones en puntos de referencia concretos. La simple medición de las mejoras y de la optimización productiva no constituye un elemento válido para extraer conclusiones definitivas en cuanto a eficiencia o eficacia, aun cuando es probable que la evolución de las tecnologías digitales permitirá a corto plazo disponer del conjunto de datos estadísticos necesarios para analizar la información, establecer conclusiones objetivas, y formular estimaciones predictivas en este terreno.

A la hora de evaluar los resultados de la adopción de los principios y fundamentos de la economía circular, es también interesante tener en cuenta la observación de casos de éxito que hayan demostrado su eficacia en sectores diversos de actividad empresarial. Mediante la comparación con negocios similares, algunas empresas pueden disponer de información válida y extrapolable a su propia actividad a la hora de medir los beneficios de su propia estrategia circular, basándose en la experiencia de organizaciones que han asumido el desafío de la circularidad, y que han conseguido por esta vía avances sustanciales en la evaluación y confirmación de las ventajas de esta práctica.

Ninguna herramienta de evaluación, sea cual sea el ámbito de su aplicación, es por sí misma capaz de medir el alcance del impacto de los cambios, sobre todo si éstos tienen carácter disruptivo y transgresor. La economía circular no es una excepción en este sentido, y requiere de cierto tiempo de evolución hasta que sea posible disponer de puntos de referencia objetivos para definir con visión realista el nivel de “éxito” del modelo.

Teniendo en cuenta el complejo escenario social y económico en que actualmente se enmarca la evolución de los acontecimientos, lo que sí aparece como fundamental es estimular la adopción transversal e integral de la circularidad, un modelo de producción y consumo que resulta indispensable para asegurar la sostenibilidad del mundo global.

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