El cerebro se atrofia después de pasar seis meses en la estación espacial

El cerebro se atrofia después de pasar seis meses en la estación espacial

Hallados cambios en la materia blanca y el líquido cefalorraquídeo de astronautas, pero se desconoce qué consecuencias tienen las alteraciones detectadas sobre la salud a largo plazo
13 Diciembre 2018

Pasar periodos prolongados en la microgravedad del espacio causa alteraciones permanentes en el cerebro, según las pruebas médicas realizadas a diez astronautas rusos que han vivido seis meses en la Estación Espacial Internacional (EEI). Las consecuencias que estas alteraciones pueden tener para la salud de los astronautas a largo plazo, si es que tienen alguna, todavía se desconocen.

El cerebro de los astronautas, todos ellos hombres y con una media de edad de 44 años, se examinó con pruebas de neuroimagen antes de viajar al espacio, nueve días después de volver y siete meses más tarde. Estudios anteriores habían detectado que, cuando regresan a la Tierra, los astronautas tienen el cerebro desplazado hacia arriba en el interior del cráneo y los lóbulos temporales y frontal –que están asociados a la personalidad, la conducta y el lenguaje– más pequeños.

El nuevo estudio, financiado por la Agencia Espacial Europea y por la Academia de Ciencias Rusa, analiza hasta qué punto las alteraciones cerebrales se mantienen a largo plazo. Los resultados confirman que, cuando llegan a la Tierra después de seis meses en el espacio, los astronautas han perdido hasta un 3,3% de materia gris en algunas regiones de los lóbulos temporales y frontal. Pero siete meses después gran parte del volumen perdido –no todo– se ha recuperado.

La situación es distinta en la materia blanca que se encuentra bajo la materia gris, en una parte más interna del cerebro. Ahí se registra una pérdida modesta de materia blanca al terminar la misión. Pero en los meses siguientes esta pérdida prosigue y, en consecuencia, aumenta el volumen del líquido cefalorraquídeo en el que está bañado el cerebro. Se produce “una alteración persistente de la circulación cefalorraquídea incluso muchos meses después de regresar a la Tierra”, escriben los autores del estudio en The New England Journal of Medicine, donde ayer presentaron sus resultados.

“Pensamos que estos cambios son de origen mecánico”, explica Angelique Van Ombergen, primera autora del estudio, de la Universidad de Amberes (Bélgica), que ha colaborado con investigadores de Rusia y de Alemania. Al llegar al espacio, los fluidos internos del cuerpo tienden a desplazarse hacia la cabeza ya que dejan de estar expuestos a la gravedad que los atrae hacia las piernas. “Por eso los astronautas aparecen a veces en las fotos con la cara hinchada y se quejan a menudo de dolor de cabeza”, explica Van Ombergen.

En el interior de la cabeza, el cerebro se desplaza hacia arriba de modo que los lóbulos del córtex se ven presionados contra el techo del cráneo. La materia blanca que se encuentra debajo, por el contrario, se ve sometida a menos presión que en la Tierra y, según la investigadora, “actúa como un esponja que absorbe más líquido”.

Cuando los astronautas regresan a la Tierra y se readaptan a la gravedad, el cerebro se desplaza otra vez hacia abajo y la materia blanca se ve presionada de nuevo por efecto de la gravedad, de modo que su volumen se vuelve a reducir. Pero esta pérdida de volumen no se ve compensada por un aumento en el resto del cerebro, de modo que el resultado final es un cerebro algo más pequeño en un volumen mayor de líquido cefalorraquídeo.

“No está claro en este momento qué consecuencias tendrá esto para los astronautas”, advierte Van Ombergen. Todos los participantes en el estudio han viajado al espacio en este siglo y falta perspectiva, y una muestra de astronautas más amplia, para evaluar los efectos a largo plazo de las estancias prolongadas en microgravedad. Y aunque hay enfermedades neurológicas asociadas a alteraciones en la circulación cefalorraquídea, “los cambios que vemos en astronautas son pequeños en comparación con los que vemos en enfermos”, señala la investigadora.

Fuente. LA VANGUARDIA

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