Afectados de silicosis por la inhalación del polvo de las encimeras de cuarzo aglomerado, los marmolistas batallan para ser adecuadamente indemnizados

Afectados de silicosis por la inhalación del polvo de las encimeras de cuarzo aglomerado, los marmolistas batallan para ser adecuadamente indemnizados

"Nos dijeron que se trabajaba igual que el mármol o el granito" alegan los empresarios apuntando a los fabricantes como responsables últimos
12 July 2016

Al principio, solo era fiebre, pero Agustín Cebada sabía que algo no iba bien. A sus 30 años, y pese a su saludable aspecto, se asfixiaba al mas mínimo esfuerzo. Radiografías, analíticas, tomografías de tórax (conocidas como TACAR) y biopsias fueron necesarias para llegar a un diagnóstico a finales de 2009. "Recuerdo cuando la jefa de Neumología me llamó y me dijo 'no te vas a creer lo que tengo", rememora Andrés Rabadán, médico epidemiólogo y jefe de Salud Pública de la Junta de Andalucía en Cádiz. Agustín tenía silicosis, la enfermedad de los mineros que bien conocen en las cuencas mineras de Asturias y el País Vasco. Aunque él, como tantos otros, trabajaba de marmolista en Chiclana de la Frontera (Cádiz). Cebada no fue capaz de soportar un trasplante de pulmón. Falleció el 4 de octubre de 2012.

Antes de morir, le dio tiempo a movilizar a otros compañeros marmolistas que también empezaron a caer enfermos. Fundó la Asociación de Afectados y Enfermos de Silicosis (ANAES) para intentar agrupar a trabajadores de toda España con esta enfermedad. Ante la inusitada proliferación, neumólogos y epidemiólogos de Cádiz realizaron una investigación científica. "Se diagnosticó silicosis a 46 varones con una mediana de edad de 33 años y una media de 11 años de antigüedad laboral en la fabricación de encimeras de aglomerados de cuarzo", concluyó el estudio en 2014. Hoy son 109 casos investigados, solo en la provincia de Cádiz. En Andalucía, ya son 255 los afectados. "Después de Agustín, falleció otro compañero de 35 años", recuerda David Medina García, presidente de ANAES.

El aglomerado de cuarzo "se convirtió en el material estrella. Al principio yo era reacio, pero las tiendas de cocina lo pedían y tuvimos que incorporarlo", explica Manuel Barbosa, propietario de Mármoles Barbosa y secretario de ASEEYA, Asociación de Empresarios de Encimeras & Afines. Recuerda cómo en el año 2007, en el cenit de la burbuja inmobiliaria, existían 24 marmolerías en la ciudad. "Hoy solo quedamos cuatro", sentencia.

El riesgo de enfermedad está relacionado con la exposición y con la cantidad de sílice cristalina inhalada. En la actualidad, además, se sabe que la sílice recién fracturada es más tóxica que la que contiene el polvo más antiguo. Eso explica que la afectación de estos trabajadores sea más grave que la de los mineros. En periodos de exposición de dos a diez años, han contraído una silicosis mucho más virulenta.

El sufrimiento también se dirime en los juzgados. Casi todos los afectados tienen procesos abiertos. "Legalmente, es el empresario el responsable de lo ocurrido", explica un afectado. Pero añade: "No es tan fácil, todos son víctimas. Se produjo una cadena de errores". De hecho, el informe elaborado por su equipo concluye: "El evidente incumplimiento de todas las partes interesadas (fabricantes, servicios de prevención de riesgos laborales, mutuas de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales, y empresarios), tanto en la implementación de medidas de protección en el lugar de trabajo como en la vigilancia de la salud, ha conducido a una grave situación, cuya magnitud todavía no se puede prever con exactitud".

"Nos dijeron que se trabajaba igual que el mármol o el granito", explica Barbosa. Las cortaban en seco, con la única protección de una mascarilla simple. Pero el polvo, de micropartículas de sílice, se mantenía hasta dos días en suspensión. Todo cambió con los primeros casos, "en 2009, las encimeras empezaron a venir con etiquetas en las que ya sí se explicaban las medidas de seguridad para cortarlas", apunta el empresario. No lo ven así los fabricantes que, en diversas comunicados públicos, han puntualizado que desde el principio indicaron la composición del material.

"Contratamos planes de prevención externos que ahora sabemos que estaban mal hechos", resume Rocío Rodríguez, presidenta de ASEEYA. Hoy, empresas como la de Barbosa tienen máquinas al agua que trabajan en zonas reservadas y manipuladas por operarios protegidos con máscaras. Hasta posee una lavandería para evitar que la ropa salga del taller.

Rocío Rodríguez tenía una marmolería en Chipiona, pero la crisis y las denuncia la arruinaron. En 2015, con el primer juicio perdido de un trabajador, cerró. Todavía le quedan tres procesos más abiertos. Barbosa tiene pendientes siete juicios, uno de ellos, por lo penal. "Tenemos compañeros de la asociación que también tienen silicosis porque estaban en el taller. Uno de ellos, se suicidó incapaz de soportar todo este sufrimiento", explica.

De media, las indemnizaciones a los trabajadores oscilan entre los 200.000 y los 300.000 euros. A eso tienen que sumar la sanción del INSS "con un recargo de prestaciones que va del 30% al 50% de la pensión que le queda al trabajador", explica la presidenta de los empresarios afectados. "Nos sentimos desamparados, toda la responsabilidad de los múltiples agentes implicados recae en los pequeños empresarios. Los trabajadores nos demandan y a la vez nos reclaman daños y perjuicios", reconoce Rodríguez.

Los exempleados se escudan en que es lo que le recomiendan sus abogados para poder cobrar, aunque para ello, tengan que denunciar a amigos o familiares que fueron sus jefes. Difícilmente, llegan a cobrar algo, como reconoce Vela: "Denuncié a la empresa, pero ya está cerrada. Los casos se están ganando, pero se declaran insolventes y no pagan".

Fuente: EL PAÍS

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