Una salpicadura mortal

Una salpicadura mortal

El caso que os presento, “una salpicadura mortal”, es especialmente sorprendente; en primer lugar por el trágico desenlace y, en segundo lugar, por la forma en cómo se llegó a su diagnóstico. Por razones obvias, el nombre del fallecido lo he modificado.
18 Abril 2014

Viernes, mayo de 1997. Rafael trabaja en un aserradero de madera de Tomiño (Pontevedra). Tiene 26 años y, tras una semana de trabajo especialmente dura, está deseando que finalice su jornada.
No se encuentra bien, pero lo atribuye a una lata de conservas que ha tomado en días precedentes. Esta semana ha tenido que realizar una actividad distinta a la que habitualmente desarrolla (recoger la madera que cae de las máquinas cortadoras), y le han asignado la “zona de la bañera”, un lugar donde se introducen en un líquido fungicida los troncos con la finalidad de preservarlos. Aunque le han advertido someramente de las medidas de precaución que debe tener con el líquido que maneja, y le han dado los elementos protectores, nadie realmente le ha hecho especial hincapié en el riesgo del “líquido”; esto ha hecho que a medida que han ido pasando los días la vigilancia se ha ido relajando e incluso, en un momento en que se encontraba sin el mandil protector, le ha salpicado un poco del líquido, empapándole la ropa y dejándole una zona eritematosa a nivel infraumbilical, pero a la que no ha dado mayor importancia.

Sin embargo, a medida que transcurren las horas de este funesto viernes, empieza a sentirse peor. Se comienza a preocupar porque se encuentra más cansado de lo habitual, tiene fiebre y está muy sudoroso. Manifiesta ese malestar a su jefe, que le dice que se vaya para casa. Pero, al poco de llegar a su domicilio, comienza a vomitar y se alarma al observar sangre. De inmediato, su familia lo traslada al hospital Meixoeiro, de Vigo.

Al llegar es atendido con diligencia por uno de médicos de guardia, un residente de familia. El paciente le refiere una astenia intensa, dolor en epigastrio y mucha sed; además le manifiesta su convencimiento de que se debe a una lata de conservas que ha tomado. En la exploración se observa una taquicardia e hipotensión y, lo que es muy llamativo, una hipertermia extrema (42 ºC). Al facultativo también le llama la atención el intenso rubor facial y la profusa sudoración cutánea, que enmascaran en parte el discreto eritema infraabdominal, justo donde había recibido la salpicadura del ”líquido”. Ante la sospecha de una hemorragia digestiva y un cuadro infeccioso séptico se solicitan con urgencia pruebas complementarias, entre ellas la determinación de la toxina botulínica, para descartar cualquier relación con la lata de conservas. Los resultados del laboratorio muestran una leucocitosis con neutrofilia y desviación izquierda, una elevación de la enzima muscular CPK, y un aumento de la urea en sangre y proteinuria en orina, con el resultado de la toxina botulínica negativa. Pero, mientras se intenta estabilizar al paciente antes de realizarle la gastroscopia, su estado clínico comienza bruscamente a empeorar con una disnea y taquipnea evidente. Se traslada de inmediato a la UCI donde ante la gravedad del cuadro respiratorio se le realiza una intubación (sorprendentemente muy dificultosa, por la rigidez que comienza a manifestar el paciente), a pesar de lo cual fallece al cabo de media hora. Desde el momento de su ingreso hasta el exitus han transcurrido cuatro horas. El impacto emocional que provoca en todos los que lo presencian (la juventud del fallecido, la sorprendente evolución clínica), se ve agravada por la llamativa rigidez post-morten, con un opistótonos evidente (el cadáver se mantiene envarado, apoyado tan sólo en la nuca y los talones).

De inmediato es solicitada la autopsia, que confirma un masivo edema hemorrágico pulmonar bilateral, una gastroenteropatía hemorrágica y una necrosis tubular aguda. El fallecimiento se certifica como atribuible a un shock multiorgánico, sin evidencia de hallazgos morfológicos concluyentes del mecanismo precipitante. Una semana más tarde la viuda presenta una denuncia en el juzgado, manifestando su certeza de que el fallecimiento está en relación con el trabajo que realizaba.

Dos meses después, el azar hace que uno de los médicos que había estado presente en la UCI acuda a una mesa redonda en Ferrol que lleva como título “Intoxicación por pentaclorofenol”, donde escucha que uno de los signos más característicos de la intoxicación es una franca rigidez y una sudoración profusa, información que comunica a los compañeros del hospital y que reactiva en la mente de todos el caso clínico.
Prácticamente, de forma simultánea, un nuevo paciente ingresa en el mismo hospital con una sintomatología similar (malestar general, sudoración profusa, cifras elevadas de CPK, una lesión cutánea eritematosa y, sobre todo, la misma procedencia, un aserradero).
Los clínicos del hospital, sensibilizados por el caso anterior, hacen hincapié en la relación con el pentaclorofenol (PCP), y el trabajador manifiesta trabajar con él. El análisis del PCP en muestras de sangre y orina confirma que el paciente tiene niveles elevados. De inmediato se informa a las autoridades laborales y a la Dirección Xeral de Saúde Pública de la Xunta de Galicia sobre la detección de dos casos probables de intoxicación por PCP en dos aserraderos de la provincia de Pontevedra. En la visita que los técnicos de higiene industrial de la Xunta realizan a las empresas detectan que, efectivamente, se está utilizando un producto etiquetado simplemente como “pentaclorofenato sódico” y que no está inscrito en el registro del ministerio de agricultura, pesca y alimentación; este tóxico está siendo suministrado por una empresa con razón social en la provincia de Castellón, que a su vez lo importa ilegalmente de China. La investigación concluye con que se ha vendido a 91 aserraderos de Galicia, donde es un producto ampliamente utilizado por sus propiedades fungicidas, para evitar el deterioro de la madera.

Tras esta evidencia se realizó la exhumación del cadáver y, aunque el informe de toxicología forense indicó que no se podía detectar el PCP a causa del tiempo transcurrido, el caso se consideró probado como causado por dicho tóxico.

El pentaclorofenol (PCP) y sus sales, sobre todo el pentaclorofenato sódico, es una sustancia química sintética muy utilizada como agente fungicida de la madera, especialmente por su bajo coste. Aunque es muy tóxico por inhalación e ingestión, es la cutánea la vía de entrada más peligrosa en el marco laboral, ocasionando con frecuencia una dermatitis de contacto entre los que manipulan el producto. Es fundamental, pues, llevar guantes, protección facial y ropa protectora adecuada.

El mecanismo principal de su acción tóxica es la inactivación de los enzimas que actúan en la respiración celular. Por esta razón, tiene lugar un fenómeno de ineficiencia metabólica de todos los tejidos, con producción de calor excesivo -aumenta la tasa de metabolismo basal-, que puede alcanzar los 42ºC o más. La intoxicación aguda por PCP es muy peligrosa y puede producir la muerte a causa del grave daño sobre el riñón, pulmón, hígado y SNC. Actualmente, la legislación europea para la comercialización y uso del PCPNa en el tratamiento de la madera es muy restrictiva.

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