FEDERICO ACOSTA NORIEGA: poeta y juez

FEDERICO ACOSTA NORIEGA: poeta y juez

Los jueces han de certificar el fallecimiento de quienes pierden la vida en un accidente y.... después..... han de determinar las responsabilidades penales y civiles. Se quedan solos en su obligada decisión. La definitiva.
16 Octubre 2013

Tratar de determinar las causas de los accidentes de trànsito, bien de manera general para muestras de varios siniestros o bien de cada accidente en  particular es una labor que se imponen los investigadores, los científicos y los reconstructores que, en el fondo pretenden sacar conclusiones finalistas y preventivas para evitar que vuelvan a producirse situaciones de riesgo similar. Con sus estudios cumplen un objetivo técnico y social e indican a los responsables de las organizaciones las medidas recomendables a adoptar en el futuro. Pero no cierran el capítulo de cada accidente. La llave de la decisión final está en manos de los jueces de instrucción que son quienes en el extremo de todo el proceso acaban decidendo quien o quienes han tenido la responsailidad  penal o civilde unos hechos que han producido daños a las cosas o lesiones a las personas incluso la muerte.

Conocí a Federico Acosta, juez municipal de Zamora, entre otras cosas, por su determinación en que sus sentencias sobre accidentes graves o mortales de tráfico fueran fundadas, razonables, profundas, justificadas , entendidas y sobre todo equilibradas y justas. Siendo yo Subdirector General de Circulación de la DGT (Dirección General de Tráfico) me hablaba de la soledad de los jueces ante casos de accidentes que les llegaban muy poco informados, muy poco trabajados y con muy poca pericial aceptable que les ayudaran a dictar sentencias justas y de lo mucho que agradecían cuando en los legajos de cada expediente aparecía un trabajo profesional y completo de la policía actuante aportando una exhaustiva toma de datos acompañada de un acerbo de fotografías y croquis que le ayudaban a visualizar lo sucedido y a centrar sus pensamientos en la causalidad de unos hechos que habían producido tanto dolor y desgracia en las personas y sus familias.

Tenía sin embargo Federico Acosta muy claro que la clave de los riesgos estaba en el descontrol en la conducción por parte de alguien, normalmente persona que en aquellas circunstancias actuó con egocentrismo sin pensar en las consecuencias de unas decisiones momentáneas equivocadas o al menos evitables. La obsesión de Acosta era la velocidad. Y como además era un gran poeta, un día le descubrí este poema

El conductor que es prudente

teme a la velocidad

porque al marchar lentamente

si no evita el accidente

evita su gravedad.

Su bello poema fue motivo de una eterna discusión entre Acosta y yo. Porque siempre le discutía y le seguiría discutiendo si aun viviera de que tan peligrosa es la velociad excesivamente alta como lo es la velocidad excesivamente baja en la vía pública, pues la seguridad se encuentra en la velocidad equilibrada entre los vehículos circulantes, que cuanto más cercana y similar (circulación en grupo), menos riesgo, más seguridad y además, mayor capacidad. Pero no le convencía a Acosta lo de circular en grupo porque le veía otros efectos de riesgo colateral.

Federico Acosta tuvo que levantar demasiados cadáveres consecuentes de colisiones frontales en vías interurbanas de dos carriles uno para cada  sentido y me decía que en la DGT debíamos hacer una campaña alertando de los trágicos efectos de lo que él denominanaba "avance en rémora" que es la forma que los peces tienden a seguir a otro pez cuando van en grupo en el agua y que lo hacen sin saber si viene otro pez en sentido contrario con el que puedan colisionar, confiando plenamente en que si avanza el de delante, es que no hay peligro, sin tan siquiera pensar que el conductor del vehículo delantero pudo decidir un adelantamiento con espacio y tiempo excesivamente limitado y nunca pensando que tras él, otro conductor le ha seguido la estela.

Dura tarea la de lo jueces. Quizás debiéramos escuchar más su opinión los prevencionistas. Y quizás escucharlos con mayor atención si además de jueces, son poetas. Justos y además sensibles.

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