EL PAPEL DE LAS CIUDADES EN EL ASEGURAMIENTO DE LA SOSTENIBILIDAD

EL PAPEL DE LAS CIUDADES EN EL ASEGURAMIENTO DE LA SOSTENIBILIDAD

En las ciudades concurren innumerables factores que condicionan su estabilidad como núcleos sociales y económicos. Gestionar con rigor los aspectos clave de un escenario dinámico y pluridisciplinar constituye un requisito esencial para garantizar la resiliencia y la sostenibilidad del sistema urbano.
13 Enero 2020

Más de la mitad de la población mundial reside actualmente en zonas urbanas. Naciones Unidas estima que la población mundial alcanzará los 10.000 millones de personas en el año 2050, y que dos de cada tres personas, el 66%, vivirán en ciudades, comparado con el 54% actual y el 30% de 1950. En el año 2000, había más de 200 ciudades con más de un millón de habitantes y 23 metrópolis con más de 10 millones de ciudadanos. 2.500 millones de individuos se unirán pronto al grupo de personas que viven en las ciudades. Llegado ese momento, la demanda de recursos esenciales como el agua y la energía adquirirá dimensiones incompatibles con el actual modelo de producción y consumo, a lo cual se deberá añadir el incremento en la generación de residuos que deberán ser gestionados con rigurosos criterios de seguridad y sostenibilidad.

Esta tendencia comportará importantes consecuencias para el transporte, la vivienda, la salud, el trabajo, la seguridad y las relaciones de convivencia, y será acusada con mayor dramatismo en los países en desarrollo, donde la dinámica migratoria de zonas rurales hacia las urbes se manifiesta con mayor intensidad como resultado de la búsqueda de oportunidades de trabajo y de mejores niveles de vida y bienestar por parte de personas que, muchas veces equivocadamente, son atraídas por las ilusiones que crean los entornos urbanos orientados a la espectacularidad prescindiendo de la necesaria funcionalidad.

Pese a que actualmente sólo ocupan el 2% del planeta y albergan a más de la mitad de la población del mundo, las ciudades consumen el 75% de la energía producida, y generan entre el 70% y el 80% de las emisiones globales de CO2. En las urbes, a la creciente demanda de recursos hídricos y energéticos se suma su contribución al calentamiento global y su impacto en el clima, con efectos perjudiciales en la calidad de vida de los ciudadanos. Para asegurar un futuro acogedor en las ciudades no sólo se requiere disminuir el impacto ambiental de las actividades humanas, sino también redefinir las condiciones de movilidad y acceso, la gestión de residuos, el transporte, el aislamiento de edificios y la gestión integral de la energía, del agua y del territorio como un todo. Sin lugar a dudas, el éxito de iniciativas de esta naturaleza se basa en las decisiones tomadas por las propias ciudades, pero la toma de conciencia y la participación de todos los actores comprometidos con ellas son esenciales cuando se trata de mejorar la calidad de vida y de asegurar la sostenibilidad en el medio urbano.

Los edificios, componentes fundamentales del tejido urbano, son entidades complejas y multisistémicas, sujetas a numerosos procedimientos individuales de control y mantenimiento enfocados a garantizar la seguridad y comodidad de sus ocupantes. A nivel mundial, los edificios consumen alrededor del 42% de toda la electricidad, más que cualquier otro activo. Se estima que, de mantenerse la actual tendencia, en 2025 los edificios serán los mayores emisores de gases de efecto invernadero del planeta. Ante estos hechos, es preciso realizar serios esfuerzos para abordar la eficiencia y la sostenibilidad en el sector de la edificación, teniendo en cuenta de modo simultáneo otro requisito fundamental para asegurar el equilibrio del sistema urbano: gestionar de modo responsable los residuos que genera una población altamente concentrada, y evitar que éstos desencadenen episodios contaminantes que pongan en entredicho las condiciones de salud y seguridad que requieren las personas.

Las ciudades de todo el mundo están creciendo y consolidando su posición como centros de poder económico, social y político. Esta realidad viene inevitablemente acompañada de problemas, ya que muchas situaciones que los causan son consecuencia del modelo económico lineal. Tanto si se trata de artículos derivados del ciclo industrial, tales como vehículos, electrodomésticos y equipamientos de edificios, o producidos dentro del ciclo biológico, como los alimentos, en las ciudades se acumula una cantidad creciente de materiales de diversa clase que pueden llegar a deteriorar y colapsar el entorno urbano si no se toman las oportunas medidas de gestión, y si no se aprovechan los recursos en juego de modo restaurador y regenerativo, evitando la presión que toda situación extrema genera en materia de estabilidad social, ambiental y económica.  Aprovechando la tecnología disponible y diseñando un eficaz sistema de información y sensibilización, las ciudades deben replantear responsablemente su modelo de control del flujo de los materiales y de la energía que circula en ellas, con el fin de diseñar y gestionar sistemas urbanos aplicando los principios de la economía circular, un modelo restaurador y regenerativo cuyos principios y fundamentos apuestan por la sostenibilidad.

Las ciudades constituyen un entorno perfecto para la implantación de la economía circular, ya que concentra personas en territorios geográficos reducidos, y actúan como auténticos centros de innovación, facilitando el intercambio de recursos e información. Al mismo tiempo, los núcleos de población abren la puerta e incentivan el diseño y la adopción de nuevos modelos de producción y consumo, tales como el reciclaje, la reutilización, o la sustitución del concepto de propiedad por lo que se denomina la “servitización” o utilización de productos bajo esquemas de prestación de servicios. En las ciudades es ventajoso hacer partícipes a los ciudadanos en el diseño de nuevas opciones de gestión urbana aprovechando la recopilación de la gran cantidad de información generada día a día por la propia dinámica del entorno urbano, y optimizar por esta vía la eficacia integral del sistema, ya sea, por ejemplo, en lo relativo a la demanda de energía, al tráfico de vehículos o al transporte público. Bien enfocadas, la colaboración ciudadana y el uso compartido de adecuadas herramientas de gestión pueden dar lugar a interesantes sinergias y a la generación de fuentes alternativas de beneficio y utilidad pública.

Hay que tener en cuenta que las ciudades no son máquinas, sino más bien cuerpos vivos que se mueven en un entorno que obliga a combinar y conciliar las características y condicionantes de los ciclos biológicos y de los circuitos de producción industrial y técnica. El metabolismo urbano es complejo, compuesto por elementos interdependientes, lo cual obliga a considerar cada función teniendo en cuenta su impacto sobre cada una de las demás, así como en sentido recíproco. Por lo tanto, a medida que crecen los desafíos dentro de las ciudades, es necesario apostar por estrategias que permitan desarrollar la resiliencia, y evitar crear nuevos problemas añadidos o colaterales. En este sentido, además de propiciar oportunidades de negocio innovadoras, la economía circular puede ayudar a los responsables de la toma de decisiones urbanas a controlar la complejidad que caracteriza a los ambientes de esta naturaleza, y a sentar las bases fundamentales para asegurar su sostenibilidad. 

Los logros y tendencias que hoy ofrecen la investigación y la tecnología constituyen una importante base para la implantación de los principios y fundamentos de la economía circular en el ámbito urbano. Incluso, opciones que hasta hace poco aparecían como soluciones confinadas en el terreno de la ciencia ficción, tales como la digitalización, la robótica, la teledetección, el vehículo autónomo y el manejo de grandes volúmenes de información mediante Big data, son hoy en día una realidad inmediata o a corto plazo. La propia circularidad, que al principio fue considerada una herramienta de corte utópico e idealista, hoy es reconocida como un instrumento de indiscutible valor a la hora de reconducir los modelos de producción y consumo hacia tendencias que permitan desterrar la cultura de la especulación y el despilfarro. Apoyar la innovación resulta clave a la hora de propiciar que las ciudades mantengan su estabilidad económica, al tiempo que proporcionan una vida acogedora y cómoda a sus habitantes.

Antes de mediados del presente siglo, las ciudades del mundo se enfrentarán a desafíos sin precedentes. El crecimiento de la población mundial, junto con la concentración masiva de personas en los centros urbanos, implica que las ciudades tendrán que estar preparadas para afrontar los retos sociales, ambientales, territoriales y de disponibilidad de infraestructuras y servicios que se avecinan. Especial relevancia adquirirán situaciones tales como, entre otras, el desempleo, la crisis de los sistemas de transporte público, el suministro de alimentos, agua y energía, la seguridad pública, el aumento de las desigualdades sociales, el incremento de la delincuencia, y el deterioro de las relaciones de convivencia que surgen como consecuencia de la desmesurada concentración de la población y de la deficiente orientación de los fenómenos migratorios. Además, las personas deberán tener en cuenta la necesidad de asimilar los retos derivados del avance y el desarrollo tecnológico, y de adoptar nuevos paradigmas de comportamiento, la mayoría de carácter transgresor y disruptivo, que les obligarán a remodelar drásticamente sus hábitos de consumo y sus estilos de vida y trabajo.

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