Cómo evitar una nueva epidemia

Cómo evitar una nueva epidemia

En la prevención de un virus emergente hemos de tener en cuenta las complejas interconexiones entre las especies, los ecosistemas y la sociedad humana.
1 Agosto 2020

Mientras el mundo actúa con urgencia frente a la COVID-19, no podemos ser cortos de miras. Es el momento de proceder también a la prevención de futuros brotes zoonóticos.

La salud de toda la vida del planeta está conectada. El brote de COVID-19 nos lleva a recordar un hecho básico: la salud y el bienestar de los humanos, los animales, las plantas y el ambiente guardan una estrecha relación y sufren el hondo influjo de las actividades humanas. La salud supone algo más que la ausencia de enfermedades infecciosas; ha de incorporar factores sociales, evolutivos y ambientales, así como las características y las conductas individuales. Por tanto, se necesita un enfoque multidisciplinar que integre y dé medios económicos a expertos en la salud de los animales, los ecosistemas y las personas.

Los coronavirus, como el nuevo SARS-CoV-2, no son infrecuentes. Los humanos y los animales albergan de forma natural y desplazan consigo una multitud de patógenos, entre ellos este tipo de virus. Los virus pueden infectar a sus portadores y hacer que enfermen e incluso mueran. Pero estos también pueden permanecer asintomáticos y convertirse en «hospedadores reservorio».

La OMS calcula que alrededor del 60 por ciento de los virus que afectan a las personas proceden de los animales. Y que este fenómeno, denominado «zoonosis», es responsable del 75 por ciento de las enfermedades infecciosas aparecidas en la última década.

¿Cómo podemos prevenir la emergencia de un nuevo virus? ¿Qué daríamos hoy por haber impedido la pandemia del VIH, un lentivirus cuyo origen se ha atribuido al contacto humano con chimpancés y mangabéis grises infectados en el oeste de África? La epidemia de SARS de 2002 empezó por el contacto humano con un mamífero, la civeta, al que los murciélagos habían infectado con el coronavirus.

Viene bien recordar que los fenómenos zoonóticos no son sucesos que se producen una sola vez o que suceden solo en tierras lejanas. Los conocemos con los nombres de rabia, virus del Nilo Occidental, peste, salmonelosis, hantavirus o enfermedad de Lyme.

En nuestra relación con la vida silvestre influyen los cambios de uso de la tierra, actividades como la explotación maderera o la deforestación, la expansión de la agricultura y el comercio de animales salvajes. Todo ello altera la circulación normal de los virus y modifica la composición, la abundancia y la conducta de las especies que hacen de reservorios víricos, con un aumento de los contactos entre los animales portadores de virus y las personas.

Benjamin Franklin adivirtió en 1736 de que «una onza de prevención vale una libra de cura». Los virus que moran en animales salvajes pueden infectar a animales domésticos; de manera similar, las enfermedades del ganado pueden diezmar las últimas poblaciones salvajes.

Una buena parte del mundo sigue sin aplicar las normas sanitarias globales en la producción ganadera y en el comercio de animales y sus productos. El consumo y comercio a gran escala de animales salvajes no conoce norma alguna.

En octubre de 2019, semanas antes de que apareciese la epidemia en China, la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre y el Gobierno alemán recomendaron que se actuase vigorosamente para fortalecer la salud global. Los principios de Berlín, para «un solo planeta, una sola salud, un solo futuro», establecen diez prescripciones para unas comunidades más sanas. Los Gobiernos de todos los niveles deberían adoptar esas normas.

Esperar a actuar hasta que una enfermedad infecta a una persona es llegar demasiado tarde. La COVID-19 se encuentra ahora en todo el planeta, y los responsables de la salud pública trabajan a destajo para detectar y seguir la trayectoria de los nuevos casos para aislarlos y tratarlos. Mientras los laboratorios gubernamentales y las empresas farmacéuticas corren para hallar una vacuna contra ese virus, no debemos perder el norte. Al contrario, debemos concebir enfoques adaptativos, holísticos y previsores para la detección, prevención, seguimiento y mitigación de patógenos emergentes, de modo que incorporen las complejas interacciones entre las especies, los ecosistemas y la sociedad humana, sin dejar de tener en cuenta los móviles económicos dañinos y las subvenciones nocivas.

Debemos hacer más para adelantarnos al siguiente brote de una enfermedad zoonótica. Para ello habrá que apoyar medidas a escala internacional para el cierre de los mercados de animales salvajes destinados al consumo humano; asimismo, deberá gastarse dinero en la vigilancia de la vida silvestre mundial.

Mientras atendemos con urgencia a los enfermos, tendremos que adoptar la visión de que no hay más que una sola salud y actuar para que sean mayores las inversiones destinadas a la infraestructura de la salud humana, del ganado, de los animales silvestres, de las plantas y de los ecosistemas. Y estas han de estar a la altura de lo crítica que es la amenaza de las enfermedades infecciosas para la vida de nuestro planeta.

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