Bryan Caplan, investigador económico; autor de ‘The case against education’

Bryan Caplan, investigador económico; autor de ‘The case against education’

Tengo edad de saber que las leyes de inmigración, vivienda y empleo nos empobrecen. Demos responsabilidad al ciudadano y se responsabilizará. Soy profesor en EE.UU: tengo mucho que aprender. Una profesión se aprende practicándola, no en un aula.
17 Octubre 2019

El dedo en el título

Caplan ha demostrado que nuestro sistema educativo no sirve a toda la sociedad, aunque lo paguemos todos los contribuyentes. Sólo lo aprovechan los que obtienen sus títulos, aún sin haber obtenido antes los conocimientos que sí nos servirían a todos. En vez de dar títulos para todo en la universidad, propone que sean las empresas y centros de trabajo los que enseñen las profesiones en la práctica para un sistema educativo con más experiencia que expedientes. Profesor en Mason University e investigador en el Mercatus Center, Caplan ha puesto el dedo también en las elecciones con El mito del votante racional; y ha demostrado, en Open borders, que la inmigración no va a los países ricos, sino que los hace ricos.

Usted es el primer pensador que cuestiona aquí el valor de la educación...

Sólo cuestiono el sistema educativo tal y como funciona en Occidente.

¿Por qué?

Porque hemos confundido el medio con el fin. El fin del sistema educativo es enseñar a todos para que sirvan a la sociedad, a toda. En cambio, los centros educativos están más centrados en dar títulos y examinar que en enseñar. Y eso sólo beneficia a los titulados, que, además, aprenden, con suerte, cosas que no sirven a todos.

Pero antes de dar esos títulos, la universidad exige demostrar conocimientos.

Dar títulos no es la misión de la educación. Pero, hoy, nuestra educación, sobre todo la superior, se ha convertido en lo que los economistas llamamos un “modelo de distinción del individuo”. Al darle un título, los centros educativos lo distinguen en el mercado laboral frente a los no titulados. Eso tal vez sirva a corto plazo a ese individuo, pero no a toda la sociedad.

Si le dan el título, será que algo sabe.

Todos sabemos que en la universidad se aprende mucho menos que en una empresa o de aprendiz de cualquier profesión. La mayor parte de lo que se enseña, en realidad, no es útil para desenvolverte en un trabajo. Porque, ¿cuál es el mejor modo de aprender a hacer una cosa?

Usted es el experto.

¿Practicarla o que te la expliquen?

Usted sólo valora lo que valora el mercado, pero... ¿y lo que da forma a una persona?

Como economista, lo que hago es cuestionar el mantra de que la inversión en educación, digamos que la educación oficial, siempre da más retorno que cualquier otra.

¿Cómo lo ha demostrado usted?

Con datos, hechos y cifras. Incluso en países como India, donde los profesores titulares a menudo sólo aparecen el día del examen, quien invierte tiempo y dinero en la universidad logra, a medio plazo, ganar más que quien no tiene título. Y, en los países donde las universidades son mejores, pasa lo mismo.

¿Y cómo lo explica usted?

Porque toda la gigantesca inversión que la sociedad hace en la universidad beneficia sólo a los pocos que sacan un título, aunque, en realidad, no aprendan algo útil para todos.

¿Pero por qué pagarían las empresas más sueldos a licenciados que no saben nada?

En realidad, las empresas valoran que hayas sido mejor que otros que han suspendido o que provengas de mejor clase social, y mejor conectada, y que así te hayas podido permitir esa inversión. Pero, todo eso, al conjunto de la sociedad no le beneficia. Sólo sirve a los titulados gracias a los impuestos de todos. Además, no nos engañemos, la universidad acredita conocimientos que sus titulados no suelen tener.

¿Unos hacen como que enseñan y otros como que aprenden y el titulo tapa la inepcia?

Y se nos repite que quien tiene un título gana un 70% más que quien no va a la universidad, pero, de nuevo, eso sólo beneficia al titulado, que, en realidad, no ha aprendido nada realmente útil que sirva a toda la sociedad, que sí ha pagado su formación, pero obtiene muy poco a cambio.

¿La educación no es la mejor inversión que puede hacer un país?

En realidad, revise los datos y verá que muchos países tienen demasiados licenciados y eso no les hace más ricos, porque la mayor parte son titulaciones que, en realidad, no les forman para crear un valor del que todos nos beneficiemos.

¿Qué países?

Muchos. Y no sólo los pobres. En Estados Unidos, la mayoría de los graduados, para sobrevivir tienen que aceptar trabajos muy por debajo de su titulación, aunque a menudo esos empleos no estén por debajo de su formación real.

¿Qué haría usted para remediarlo?

Retornar a lo mejor del pasado y recuperar la figura del aprendiz. Y, así, involucrar a las empresas en la formación de los profesionales de todos los sectores y que la educación formal sólo sea un complemento de la profesional en todos los niveles.

Suena a la formación dual alemana.

O a la suiza, que es otro buen modelo. En vez de llevar todas las profesiones a la universidad, tenemos que llevar la educación a todas las profesiones y a todas las empresas. Y así a todos.

¿Conoce el caso español?

Creo que ustedes tienen inflación de títulos, pero eso no mejora su mercado de trabajo, sino que derrocha dinero público de sus impuestos, porque las empresas contratan a los más titulados para tareas muy inferiores. Y no es que sus universidades sean peores que la media, es que en España es más difícil conseguir un trabajo de cualquier nivel que en los demás países.

¿Hay demasiadas universidades?

Enviamos demasiados estudiantes a perder su tiempo y nuestro dinero a demasiadas universidades para estudiar cosas que no les interesan en realidad y que tampoco aprenden, aunque salgan con título. Estarían mejor aprendiendo un oficio en una empresa y que la educación estuviera conectada de mil maneras con ella.

¿Todo eso que usted denuncia le pasa a su universidad también?

Por supuesto. Estoy describiendo un problema global. Mi universidad, como la gran mayoría –yo diría que un poco menos– derrocha dinero en enseñar materias a estudiantes que no quieren aprenderlas en realidad y que, a menudo, no las acaban.

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