No hace falta tener vocación para ser feliz en el trabajo

No hace falta tener vocación para ser feliz en el trabajo

Frente a lo que se nos inculca, conseguir el empleo soñado no es imprescindible para tener una vida del todo plena
11 Octubre 2018

Buscar una vocación laboral es frustrante. A todos nos han dicho que tenemos una y que debemos dar con ella para tener una vida plena. Pero este es solo uno de los muchos mitos que rodean esta búsqueda incansable de significado para el trabajo, que lejos de ayudar a sentirse más feliz, añade presión. “Ya deberías saber lo que quieres y dedicar tu esfuerzo a conseguirlo, como hace todo el mundo, ¿a qué estás esperando?”, cuestionan desde casi todo tu entorno y múltiples manuales de autoayuda. Y así es como nos convertimos en humanos frustrados que no saben exactamente a dónde van, pero que necesitan llegar a algún sitio. La psicología positiva, que estudia las bases del bienestar mental y de la felicidad, asegura que ni se tiene una única vocación vital, ni todo el mundo tiene una, ni hay un momento de nuestras vidas idóneo para encontrarla. Y lo más importante: se puede vivir feliz sin una vocación profesional.

Por supuesto, hay personas que siempre han tenido muy claro a qué quieren dedicarse y han utilizado su vocación como motor para avanzar. Pero no es el caso de la mayoría. Casi todos nos vemos obligados a tomar decisiones curriculares a edades muy tempranas: en la educación secundaria ya elegimos si somos de ciencias o de letras y, solo unos años después, nos enfrentamos a La Gran Decisión: a qué dedicarse el resto de la vida. “Es habitual que los estudiantes se sientan presionados por tener que elegir en la adolescencia, cuando lo único que saben es que necesitan sentir que pertenecen a su grupo”, explica Elisa Sánchez, psicóloga laboral.

Por eso se suelen tomar decisiones como estudiar lo mismo que su familia o sus amigos o en la misma universidad, para estar cerca de ellos. “No siempre se tiene clara una vocación o se pueden tener varias”, explica Sánchez. “Hay personas a las que les gustan temas afines, como la enfermería y la fisioterapia; o complementarios, como la informática y el diseño; o incluso temas de ramas muy diferentes, como la filología y la física”. Aquí es cuando llega el drama, las dudas y el estrés por tener que tomar una decisión nublan la vista. Una opción que la universidad plantea son los dobles grados. Pero se antoja una solución simplista y que está muy lejos de resolver el conflicto emocional de elegir a qué dedicarse.

De hecho, muchas personas aún no saben qué quieren hacer con su vida al acabar la carrera. Ni siquiera cuando ya están trabajando. Esta sensación, que es una de las primeras culpables de la crisis de los 25, es totalmente normal. Una de las soluciones que proponen los expertos es tomar perspectiva y restar peso al trabajo como herramienta principal para dar sentido a la existencia. Es decir, se puede tener un empleo sin un significado trascendental y buscar la realización en otros aspectos de la vida, volcándose con las personas que te rodean o dedicándote a hacer las cosas que te apasionan, que no siempre tienen que ser parte de tu empleo. Pero esta cuestión es compleja de abordar porque, en nuestra cultura, el trabajo todavía define quiénes somos. Cuando conocemos a alguien nuevo, una de las primeras cosas que solemos preguntarle es a qué se dedica. Y le categorizamos dependiendo de la respuesta: hemos unido quién soy con en qué trabajo.

  • La motivación, un motor

“La satisfacción laboral no depende solo de la vocación, tiene mucho que ver con factores como las condiciones (el sueldo, el horario, las vacaciones, la conciliación), la cultura de la empresa y la relación con tus compañeros”, explica Sánchez. Es decir, la vocación influye en el tipo de empleo que se elige, pero la satisfacción laboral depende de muchas otras cosas. Como, por ejemplo, la motivación. “No todos encontramos nuestra verdadera vocación. Pero eso no significa que estemos condenados a trabajos sin sentido”, explica Emily Smith, psicóloga y autora de El poder del significado: sentirte realizado en un mundo obsesionado con la felicidad. Smith asegura que menos del 50 % de las personas ven su trabajo como una vocación pero que pueden conseguir ser felices porque les motiva o tiene sentido para ellos: les sirve para relacionarse con otras personas, aportan beneficios a la sociedad o pueden pagar sus deudas.

En este sentido, Smith explica que la actitud ideal para afrontar esta situación sería recordar constantemente el objetivo global de la empresa en la que se trabaja. En distintas publicaciones aparece una de esas historias que nadie sabe muy bien si llegó a suceder o no pero que puede servir para ejemplificar esta teoría. Es corta: John F. Kennedy se topó con un conserje durante una de sus visitas a la NASA en 1962. Cuando el entonces presidente de Estados Unidos le preguntó qué estaba haciendo, el trabajador dijo: “Estoy ayudando a poner a un hombre en la Luna”. Cada pequeña labor en la empresa contribuye a un objetivo global mucho más ambicioso.

Además, no debemos perder de vista que no solo es posible ser feliz en el trabajo sin vocación sino que, ¡sorpresa!, la gente que la tiene no siempre se siente satisfecha. Hay muchas ocasiones en las que es tarea de titanes poder vivir de una vocación. Y esto afecta a casi todos los sectores: actrices, enfermeros, periodistas, científicos. A muchos les resulta casi imposible ser fieles a su vocación y, a la vez, encontrar un puesto con un sueldo que les permita vivir. La frustración también habita en ellos. “Puedes ‘trabajar de lo tuyo’, pero si estas otras condiciones mínimas no se dan y no estás a gusto en tu trabajo, muy posiblemente te sentirás desgraciado”, asegura Sánchez.

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