"Sufrí tres accidentes en Render Grasas, en el último perdí la mano"

"Sufrí tres accidentes en Render Grasas, en el último perdí la mano"

Un ex trabajador de la fábrica de piensos relata la escasa seguridad que había en la empresa
23 Marzo 2017

"Estuve un año y medio trabajando en Render Grasas. En ese período sufrí tres accidentes laborales. En uno salvé la vida de milagro porque me cayó una chapa encima pero tuve suerte, no cayó en picado, sino sesgada, y sólo me abrió una brecha en la ceja. Si me cae encima me hubiera abierto la cabeza. En otro me lesioné el codo. En el último perdí la mano derecha y parte del antebrazo". Es el testimonio de un ex trabajador de Render Grasas, la fábrica de piensos ubicada en el término de Salteras en la que el lunes murieron dos trabajadores intoxicados por inhalación de gases. Diez meses atrás, en julio de 2015, murió otro trabajador aplastado por una excavadora, mientras que en marzo de 2016 otro empleado sufrió la amputación de una pierna.

"Allí había un riesgo enorme para los trabajadores, al menos el tiempo que yo estuve. Yo pensaba que, después de mi accidente, algo cambiaría, pero parece que ha ido a peor. Había muchas máquinas en movimiento, los trabajos se hacían sin que se parasen las máquinas ni los motores, y no recibíamos ninguna formación en materia de salud laboral ni en prevención de riesgos. Por allí era frecuente que las carretillas elevadoras circularan libremente, sin ningún itinerario trazado. Los empleados no teníamos el carné de carretillero y usábamos las carretillas. En más de una ocasión exigí el curso para obtener el carné".

Prefiere permanecer en el anonimato porque aún mantiene un pleito con la empresa, aunque sí accede a que se publiquen sus iniciales: J. C. G. L. Este ex trabajador se incorporó a la plantilla de Render Grasas en el año 2006. Entró como peón y ascendió después a auxiliar. Cada semana desempeñaba una tarea distinta, según el turno que le tocara. El accidente en el que perdió la mano ocurrió el 9 de enero de 2008. "Fue una cadena de irregularidades. La empresa nos obligaba a hacer el trabajo sin las medidas de seguridad necesarias. Había mucha presión. Si no querías hacerlo, te ibas directamente a la calle porque siempre iba a haber otro que lo hiciera. Es verdad que era un trabajo muy bien remunerado, puesto que había que trabajar con animales muertos y el olor era insoportable".

Su mujer, que le acompaña durante la entrevista, le interrumpe un momento cuando habla del olor. "Yo llegué a pensar que estaba embarazada, porque vomitaba continuamente, pero era del olor de la ropa", apunta. "Todavía, transcurridos ocho años, cuando hace calor, se percibe el olor en el coche", dice J. C. G. L. Aquella tarde de enero, este operario se encargaba de tomar unas muestras de un silo en el que se mezclaban dos tipos de harina. "Tenía que hacerlo cada quince minutos para llevar la muestra al laboratorio". La harina pasaba por unos tornillos que, con el uso, habían generado una rebaba, que se le enganchó en el borde de la camisa. "Era la camisa que nos daban, una camisa normal de manga larga, sin elásticos para evitar precisamente enganches ni nada". Con la rebaba del tornillo enganchada a la manga, la máquina le atrapó la mano y la introdujo hasta el antebrazo. Tenía un tope y tenía que haber parado pero no lo hizo. Le cortó la mano en tres trozos.

"Me llevé quince minutos allí enganchado pidiendo auxilio. Yo no tenía ni walkie-talkie ni nada que pudiera avisar a mis compañeros de lo que había pasado. Tampoco había ningún botón de parada cerca. Como había ruido, nadie se enteraba, hasta que se dio cuenta un compañero y ya detuvieron la máquina. Estaban en shock y fui yo quien les explicó cómo poner la maquinaria en sentido contrario para poder desengancharme. En ese momento tenía una descarga de adrenalina tan grande que no sentía dolor alguno. Sólo pensaba en mi mujer".

La zona en la que se produjo el accidente no estaba bien iluminada. Ya era de noche. Se habían fundido unos fluorescentes que le daban luz y se iluminaba con una farola. J. C. G. L tendría que haberse colocado del otro lado, pero lo hizo al contrario para no hacer sombra con su cuerpo y taparse él mismo la luz. Él había comunicado dos días antes que no había iluminación suficiente en la zona, pero tampoco nadie hizo nada por corregir esta irregularidad. Sí lo hicieron el día siguiente. "La empresa le dijo a la Inspección de Trabajo que las muestras se tomaban de una trampilla específica para ello, pero esa trampilla la colocaron después de mi accidente".

Aquel accidente le cambió la vida. Tenía 27 años cuando se quedó manco. Atravesó durante un largo periodo una profunda depresión de la que ha logrado salir con el tiempo y con tratamiento. "Aún padece el llamado síndrome del miembro fantasma. A veces siente picor en un dedo, o nota que se la agarrota la mano, por ejemplo. Y le sigue doliendo con los cambios de tiempo", explica su mujer. Suele llevar una prótesis, "pero no sirve de mucho, es más bien por estética". De hecho, ha estado un tiempo sin usarla porque ha engordado unos kilos y ya no le encaja bien. "Para cambiármela han tardado un año". Todavía le queda un pleito con la empresa. Su caso está en manos del abogado José Ignacio Bidón y Vigil de Quiñones, que lo lleva defendiendo desde el año 2009. El caso se instruyó en el juzgado de Sanlúcar la Mayor, que, siete años después, ha dictado auto de procesamiento, "lo que demuestra que en este país la Justicia es lenta". "Sólo deseo ya pasar página".

Fuente: Diario de Sevilla

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