Múltiples negligencias detrás de la muerte de un bombero en Oviedo al derrumbarse un edificio incendiado

Múltiples negligencias detrás de la muerte de un bombero en Oviedo al derrumbarse un edificio incendiado

En la arteria principal de la ciudad, la calle Uría, no hay hidrantes; en la calle adyacente, los técnicos hallaron las bocas de incendios inutilizadas
25 Abril 2016

«Una negligencia». Así definieron algunas fuentes de los cuerpos y fuerzas de seguridad las decisiones tomadas por quienes dirigieron la intervención en el incendio que ayer costó la vida a uno de sus compañeros. Eloy Palacio, de 54 años, quedó atrapado entre los escombros tras el derrumbe del edificio número 58 de la calle de Uría, como consecuencia del fuego que arrasó un inmueble protegido que data del siglo XIX.

El fuego se originó a las 11.30 horas del día 7 de abril y, en principio, no revestía gravedad, pero acabó en tragedia. Esa «negligencia» se tradujo en la falta de hidrantes en toda la calle Uría. Los bomberos tuvieron que enchufar sus mangueras a una boca de riego con una presión de agua insuficiente. En la calle paralela de Melquiades Álvarez, en otro edificio que compartía patio interior con el arrasado y que se vio afectado por el incendio, los técnicos comprobaron que los hidrantes, allí sí los había, estaban inutilizados. No había agua para sofocar las llamas que, finalmente, provocaron el derrumbe y que acabó con la vida del bombero e hirió a su compañero en una pierna. Los compañeros del fallecido reprocharon que ningún técnico municipal acudió a evaluar los riesgos de un posible derrumbe. Lo hicieron, pero por la tarde.

Casi cinco horas después de que comenzara el suceso, a las 16.15 horas, el alcalde de Oviedo Wenceslao López y el consejero de Presidencia Guillermo Martínez atendieron a los medios de comunicación: «Por fin se está controlando el incendio», fueron las palabras del regidor. Tras decir que era «muy potente», reconoció las «grandes dificultades para conseguir extinguirlo», pero negó el descontrol. «Es un edificio antiguo, todo de madera, esto es una yesca. La dificultad es atacarlo desde dentro. No se puede acceder a un edificio en llamas, al final las personas son lo primero». Quince minutos después de estas declaraciones, un estruendo hizo presagiar lo peor: dos bomberos habían quedado atrapados en el edificio, uno de ellos sin vida.

Todo comenzó a las 11.30. La casualidad hizo que una patrulla de la Policía Local que pasaba por la calle de Uría viese que de la segunda planta del portal número 58 salía una pequeña columna de humo. Los agentes accedieron al edificio y comprobaron in situ que de los halógenos del falso techo de la primera planta salían unas chispas. Dieron aviso a los vecinos y desalojaron a 10 personas. En ese momento, las llamas ya eran evidentes y afectaban solo a la segunda planta. «El edificio es de madera y con techos muy altos», describió el agente, en esos primeros momentos. Tres camiones del Servicio de Extinción de Incendios se afanaban por extinguirlas. El propio dueño del edificio, cuya vivienda ardía, se mostraba aún tranquilo y confiado. «Lo importante es que no hay víctimas», dijo. Poco se imaginaba lo que iba a suceder y menos cuando, 60 minutos después de originarse el fuego, las llamas comenzaban a remitir. Solo fue una impresión. Pronto se reavivaron, tanto, que alcanzaron la parte posterior del edificio, que da al número 25 a la calle de Melquiades Álvarez. La voz de alarma la dio la propietaria de la tercera planta. Lo desalojaron también. La Policía Local hizo lo propio en el edificio colindante al número 58 de la calle Uría, el número 56. Comenzó el descontrol.

En la arteria principal de la ciudad, Uría, no hay hidrantes; en la calle de Melquiades Álvarez, donde ardía el segundo edificio, los técnicos hallaron sus bocas de incendios inutilizadas. Algunos bomberos comenzaron entonces a romper con un pico y a mazazos losas, buscando puntos de agua debajo. Finalmente, optaron por utilizar bocas de riego para enganchar las mangueras. Una presión de agua insuficiente para atajar un incendio «muy grave», como así calificó el concejal de Seguridad Ciudadana, Ricardo Fernández, que siguió la evolución del incendio. «Al ser un edificio cuyo interior es todo de madera, los pasillos hacen de efecto chimenea y el viento que sopla complica las tareas de extinción. Tenemos a todo el turno de bomberos aquí», explicó el concejal. Pero las llamas no remitían, por lo que la Concejalía de Seguridad Ciudadana solicitó apoyos al Principado de Asturias. Eran las dos de la tarde. Hasta el centro de Oviedo acudieron 10 efectivos de Bomberos del Servicio de Emergencias del Principado de Asturias, generando expectación entre los viandantes. Más cuando en el número 52 de la calle de Uría se desató otro conato de incendio. Unas chispas, provenientes del edificio afectado, provocaron que la claraboya del tejado comenzara arder. Los bomberos no se percataron. Fueron los vecinos del edificio de enfrente quienes dieron la voz de alarma. Ese fuego se sofocó rápidamente. No ocurría así con el primigenio. El número 58 ardía completamente. El techo de la segunda planta comenzó a desmoronarse. El propietario del edificio cayó en la desolación: «¿Dónde estaban los medios? Si no era nada. Si lo hubieran abordado bien desde el principio esto no se hubiese desmadrado», lamentó Carlos Espina. Su mujer, Herminia Campuzano, fue más explícita: «Es una pena ver cómo se quema tu casa.Si solo salía un poco de humo. ¿Cómo se llegó a esto?», se preguntaba.

El jefe de la Policía Local, José Manuel López, aseguró a este periódico que del edificio «solo iba a quedar la fachada». Más alarmantes fueron las declaraciones de uno de los bomberos del Servicio de Extinción de Incendios de Oviedo que participó en las tareas de extinción. «Es imposible apagar este incendio con mangueras. Como las llamas impiden acceder a su interior el edificio se va a caer. Es un peligro estar aquí». Y se cayó. Ocurrió a las 16.15 de la tarde. El tejado no pudo soportar los daños causados por el fuego y se vino abajo. Fue entonces cuando el derrumbe se llevó por delante a los dos bomberos que estaban en la cornisa del edificio. Al primero de ellos se le pudo sacar con vida. Resultó herido con una fractura en la pierna.

Eloy Palacio no tuvo esa suerte. Los escombros sepultaron su cuerpo. Eran las 17.15 horas de la tarde cuando sus propios compañeros sacaron sus restos tapados con una sábana blanca. Seis horas de lucha contra un fuego, que en un principio era una simple columna de humo. Al final un edificio devastado, otro dañado seriamente, un bombero fallecido, otro herido. El Ayuntamiento ha decretado tres días de luto oficial.

Fuente: El Diario Montañés

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